Entomología
A Lugones y los demás
maestros del cuento
fantastico. Gracias.
Ahí están mis pequeñas, en sus frasquillos de cristal. Con las alas cansadas de intentar escapar y las patitas atrofiadas de no poder moverse. Son preciosas.
Me gusta de vez en cuando sacarlas de su frasco, una por una para jugar con ellas: les amarro una pierna con un ligero cordón y las dejo volar. Hasta que, aburrido de ver como intentan huir, las jalo y las vuelvo a guardar. A veces siento que me miran desde su respectivo recipiente y que su mirada es de miedo, con esos pequeños ojos de color lila que resaltan en sus cenicientas pielcitas, entonces me siento enorme; una sensación de placer inmenso me recorre las venas, las pupilas se me dilatan y les mando un beso lascivo a través del cristal.
Me pregunto qué sienten dentro del cristal. Qué odio secreto me guardan. Qué serian capaces de hacerme si algún día lograran soltarse. Quizá me torturarían, me amarrarían con sedas invisibles, me desnudarían y morderían. Qué venenos secretos guardarán esos afilados dientes. Harían acaso que me revolcara de dolor. Me morderían el miembro, los labios, la lengua. A veces y solo por eso, me gustaría liberarlas.
Tengo mis favoritas, las que llevan aquí más tiempo, siglos en algunos casos. Son encantadoras, nunca se rinden y me odian tanto que él ver sus minúsculas pupilas enfurecidas me provoca escalofríos de placer. De entre ellas, la que más me gusta tiene alas de mariposa hércules, largas alas de color negro con extraños motivos morados, gigantescas alas. Es una criatura curiosa. No sé bien cuanto tiempo lleva aquí. Llegó una mañana de invierno, sola, entró aleteando levemente y con una sonrisa jovial. Tenía los ojos de un color que no había visto jamás, parecía recién salida de la crisálida. En ese entonces mí colección no existía, ni siquiera se me había ocurrido algo semejante.
Entró, y con ella en sus enormes alas entró la alegría. Revoloteaba y me sonreía con esa minúscula boca color avellana. Portaba un aroma a fantasía que me nubló los sentidos. Enroscándose subió por mis fosas nasales, era un aroma a madreselva húmeda, a entrepierna húmeda. Yo le miraba maravillado, el polen que aun cargaba ente sus patas caía como polvo dorado, podría haber sido un sueño.
Mira, esta ahí, en el centro de la pared entre los ejemplares más extraños de mi colección: hay Mariposas titán de Indonesia, y una Agripina del Brasil; esta sobre el estante de las mariposas Apolo, justo donde terminan los Bombícidos. Ahora ya no hace nada, pareciera dispuesta a dejarse morir. Pero es inútil, el cristal donde la guardo la vuelve inmortal y la mantiene como la primera vez que la vi.
Ah, si nunca se le hubiera ocurrido escapar, las cosas serian distintas, entonces no existiría mi colección, no habrían tantas alas encerradas ni tantas miradas de impotencia. Pero quiso jugar, tocarme con su voluptuosa esencia y luego escapar leve, como un suspiro que se pierde dejando en el aire la duda, una pausa pesada y extraña que no se puede explicar. No podía dejarme así, tan solo como estaba antes de que llegara, tan solo como siempre he estado. No, tenía que quedarse, no hay vuelta atrás cuando revuelves el alma, cuando dejas caer tus alas negras sobre mis párpados, como nubes espesas dadoras de ese extraño sopor, hiciste cosquillear mi piel y correr mi sangre agitada buscando cuerpos entre la carne dormida, henchiste mis labios de rojos venenos y pretendías escapar. No, no hay salida, le digo mirando el cristal, repitiendo la letanía de nulidad, porque yo no soy feliz. No sin ella y no con ella en el viejo matraz. No ves, miles de criaturas como tú encerradas en esta prisión, y solo por ti, por que no te puedo tener. Te he buscado en secreto en su aroma de pétalos rociados y entre el polen de sus patas, he metido mi nariz entre sus frágiles piernas tratando de verte, de ver esa dulce boca color avellana. Pero tú quieres tan solo dejarte morir tras ese cristal. ¿Ya no juegas? Dónde quedó esa mirada vehemente y esos ágiles miembros que llenaban el espacio vacío con acompasados movimientos, a dónde fuiste el día que intentabas escapar y te atrape con viejos encantamientos. No saliste nunca, pero en tus alas caídas y en tu mirada marchita, ya no estas, ya nunca volviste a estar.
Y si te dejara escapar, a dónde irías, qué cielos, qué habitaciones, qué frentes taciturnas despejarías con tu encantador aleteo. Volarías lejos, o simplemente arrastrarías las atrofiadas alas. No importa, no saldrás de aquí, no hasta que de entre tus labios asome una sonrisa que me pertenezca.
He preparado la mesa de disección, extraeré esa sonrisa y la guardaré en un pequeño frasquito para alegrarme los días y enturbiar mis noches. Entonces liberaré a los demás de su prisión. Tú ya no estarás pero tu boquita color de avellana será mía. Ves, ahora que te levanto ya no agitas las alas, estas cansada y tus alas no responden. Son solo ornamento, adorno enorme y obsoleto. Tu peso leve ni se siente entre mis dedos. Mira, espera aquí sentadita, así, como si fueras una niña buena. Este es el instrumental, lo ves. A dónde has ido, dónde te has metido, ven, vuelve, no puedes escapar, no, no hacerme esto a mí, no, tus alas ya no servían no podías volar. ¡Vuelve!
(Aitor agregó)...y vinieron los perros con ánimo voraz, sudando aquella rabia contenida durante años. El perro no es el mejor amigo del hombre, esputaban los rencorosos.
Después del festín, los perros, en concilio, llegaron a convenir: no era más que un cadáver podrido, más por dentro que por fuera. Mal bocado, pues. Pero necesario.
Dormitando los perros en aquel colchón de sangre, todavía retumbaban en su canina cabeza los bramidos quejosos de aquella podrida presa: Ohh, señor Matthews...!
Menudo papelón para los gusanos.